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Ciberseguridad: por un uso responsable de Internet

Por 1 febrero, 2018 Sin comentarios

El ciberespacio está lleno de oportunidades.
La digitalización de nuestras vidas personales y profesionales nos ofrece posibilidades inimaginables hace apenas unos años. De hecho, está cambiando nuestra forma de entender el mundo y nuestro modo de relacionarnos en él. De alguna manera, puede afirmarse que ha añadido una nueva biosfera a nuestro universo. Una biosfera digital en la que las conexiones son lo más importante, en la que los cambios se producen a ritmos acelerados, en la que todo ocurre de forma simultánea en todas partes, aunque no esté físicamente en ninguna.

Este nuevo mundo, sin embargo, sirve igualmente a nuestra vida social y a nuestra vida política. Como tal, está sujeto a una utilización perversa de sus características por parte de algunos usuarios, tanto particulares, como corporativos o estatales. Es evidente que el ciberespacio requiere del diseño de unas normas de convivencia para el mismo, y de mecanismos que faciliten que estas normas se cumplen o que minimicen los efectos de su incumplimiento para los destinatarios de los ataques.
La ciberseguridad no debería ser, por lo tanto, un asunto que externalizamos en antivirus o cortafuegos. Al menos, no debería ser básica ni solamente eso. Es fundamental que cada internauta se implique personalmente en su seguridad en la red igual que lo hacemos en nuestra seguridad vial o en nuestra higiene diaria.

Internet no nació con la seguridad como una de sus prioridades. Hemos creado un ecosistema que nos sirve para desarrollar nuestra actividad, un sistema útil y práctico que se adapta fabulosamente al mismo ritmo de vida frenético que impone su conectividad absoluta. Y, sin embargo, siendo el sistema tan crítico como ha terminado por ser para cualquier acto de nuestras vidas, es un sistema que puede fallar –de forma espontánea o intencionada– en cualquier momento.
Cuando hablamos de ciberseguridad, inmediatamente viene a nuestra mente la confidencialidad de nuestros datos bancarios o de nuestra tarjeta de crédito. Quizás incluso pensemos en la de las infraestructuras que se basan en los sistemas informáticos, sobre todo después de los ejemplos de caídas de sistemas aeroportuarios o de comunicaciones. Nos pone los pelos de punta la posibilidad de recibir un ataque de ransomware que encripte los archivos de nuestro ordenador, o el ordenador mismo.

Y todos ellos son, sin duda, parte de las amenazas que podemos recibir a través de nuestros terminales inteligentes. Mucho menos conscientes somos de la potencia de nuestros teléfonos móviles, o de la miríada de dispositivos conectados que llevamos cada día encima. O de aquellos que permiten a nuestros vehículos proporcionarnos toda la información que nos dan. Ni siquiera de los gadgets domóticos que, cada día más, introducimos en nuestras vidas.
Entendemos como normal que haya que revisar el estado de los neumáticos, pasar la ITV y cambiar aceites y filtros en nuestros coches. Y, sin embargo, nos cuesta asimilar que es igualmente necesario actualizar los sistemas operativos de nuestros dispositivos conectados, revisar las configuraciones de seguridad o borrar las cookies. Nadie se plantea discutir que se deba conducir por un lado concreto de la calzada o que haya que respetar las señales de tráfico, pero pocos entienden las limitaciones de puro sentido común a las páginas web que visitamos o a los datos que introducimos en ellas o que les permitimos captar de forma automática. Todos pasamos por la autoescuela para obtener el permiso de circulación pero casi nadie considera imprescindible una formación adecuada para navegar por los procelosos circuitos de la red global.

Aún cuando hayamos entendido todo lo anterior, hay otros muchos riesgos que nos parecen propios de la ciencia ficción y que, sin embargo, están presentes en nuestras vidas cotidianas. Hemos introducido en nuestras casas, en nuestros bolsillos y en otros muchos dispositivos pequeños ladrones de nuestra privacidad. Los datos que regalamos nos hacen más esclavos porque los que recibimos a cambio no potencian nuestra libertad, sino que la condicionan.

Para aprovechar realmente las ventajas que ofrece el ciberespacio, necesitamos ser conscientes también de los riesgos que entraña. Igual que propugnamos una conducción responsable o un consumo responsable del alcohol, también la forma de disfrutar de internet es a través de un uso responsable del mismo.
Porque es muy bonito vivir en una casa de cristal…hasta que empiezan a llover piedras.

Autor: Ángel Gómez de Ágreda, Coronel en el Ejército del Aire y Analista del Ministerio de Defensa Español.

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